En las alturas montañosas, cada vez más cerca de la desilusión de no poder llegar a los límites cósmicos soñados desde la torre de Babel, existe un remoto paraje donde se respira ese hálito gélido
que podría ser el mismo aliento de los dioses, donde la luz matinal no es más que un pálido asomo de las voluntades débiles, opacadas por la neblina.
Allí, cuatro míseras almas se encontraron furtivamente, en búsqueda del refugio incierto; como unos advenedizos fueron a esconderse en lo más oscuro del páramo para acabar allí sus días con una melancólica esperanza de sosiego. Una casa colonial les serviría, en el desespero por huir no importó si quiera que fuera una antigua prisión de la época de Gómez.
Las paredes de la casa eran venas vivas. Venas, historias, líneas del tiempo donde yacían plasmadas las angustias de la tortura y la tranquilidad de la muerte; ellos trataban de permanecer indiferentes durante los gritos nocturnos de las ánimas que aún clamaban de dolor. Por las mañanas, que eran no muy diferentes a las noches, todos fingían cierto estoicismo ante los horrores de la pasada noche.
Día tras día llevaban a cabo la misma monótona rutina. Los tres hombres, dos hermanos y un forastero - que se les había unido fatídicamente aquel aciago día en el que el caos los hizo refugiarse en la soledad-, salían diariamente al despunte de la tímida alba. A veces, simplemente era una cuestión de horario, de lógica, pues la densidad de la neblina ocultaba la presencia de la luz y el manto de la oscuridad. Ellos esperaban que esa misma bruma ocultara con su espesura aquellos pecados vergonzosos a los que tanto le huían.
Los hombres solían llegar unas cuantas horas después de su salida, comían el almuerzo y marchaban de nuevo hacia el olvido visual. A veces soñaban con un cielo despejado, con volver a ver las estrellas desde el mar, como días de antaño cuando los corazones eran jóvenes y la felicidad no era más que sentirse bien, respirar el sonido del mar durante las noches cargadas de ojos brillantes que observaban desde los confines eternos donde ningún hombre llegará jamás.
Pero no podrían, en medio del ensueño, vivir así para siempre. Ahora era necesario salir a cazar, a recolectar, a sembrar. Sembraban con corazón y mano noble, pero con cierta vaguedad en el alma que los oprimía. Cansados estaban, de no poder ver un paraje completo, de sólo tener un pequeño círculo alrededor a medida que avanzaban en la niebla. Sólo un poco de visión se abría entre ellos los días más calurosos, cuando había calina. Al principio se desorientaban. A veces se perdían en medio del engañoso velo de soledad. Días enteros permanecían gritándole al olvido, esperando con regocijo la llegada de la muerte. Pero no era así. Siempre, de algún u otro modo conseguían llegar a su desolada morada en lo más alto de la cima.
En la casa siempre estaba ella. La mujer. Cuando no cocinaba para ellos, permanecía absorta, viendo cómo la vejez le consumía las manos. Creía que en una mano no podía leerse el destino ni la vida, sino sólo el paso del tiempo sobre los efímeros contenedores humanos, destinados a envejecer desde el día de su nacimiento. Por las noches, uno de los dos hermanos gemelos, (o el mismo), incurría en su habitación. Ella, con presuntuosa aceleración, esperaba bajo la sábana. Sólo descubría su parte inferior; siempre acostada boca abajo, al sentir el movimiento sigiloso de la puerta de su cuarto, se encubría de la cintura hacia arriba y dejaba que el hombre (o que los hombres) se saciaran en ella. Nunca llegó a saber con certeza quién (o quiénes) entraban en su cuarto. A veces creía que eran los presos desesperados de la casa de torturas. Sólo en ocasiones sentía, durante los mudos desayunos con los hombres, que había sido uno de los hermanos por la mirada que le sostenía de familiar lubricidad.
Sin embargo, el forastero no atribuía juicios a sus percepciones sensoriales. Había aprendido que en medio de la neblina la vista era una engañosa ilusión. Recordaba con satisfacción que los nórdicos hacían esperar a los forasteros un tiempo en la bruma, a fin de que probaran con el paso del tiempo que eran reales, no fantasmas deambulantes en la vaguedad del velo que todo lo cubre. Por eso él creía a veces que los hermanos eran sólo dos estados de ánimo de uno mismo. Y que era ese mismo quien entraba todas las noches secretamente al cuarto de la mujer. Pero él, mejor en la caza y en las labores solitarias sentía ya que era hora de apropiarse de la mujer. Diariamente, planeaba con más y más excitación lo fácil que sería dar un escopetazo a “los hermanos” en la sigilosidad de la bruma; en la oscuridad de algún rincón del páramo. Al no volver los hermanos, argumentaría a la mujer que quizá se habían perdido irremediablemente en la montaña. Y como nadie extrañaría a sujetos como ellos, no quedaría más remedio que resignarse a ser ahora ellos dos. Dormirían juntos en el invierno de la noche. En medio del horror de los gritos de medianoche, encontrarían sus manos y sus cuerpos, ataviados por la vejez, juntos en un pequeño núcleo de calor y sosiego. Él podría vender más productos a los guerrilleros, ahorraría algún dinero y se la llevaría a un sitio cálido para empezar de nuevo. Esas eran sus fantasías diarias que poco a poco perdían el atributo de ser fantásticas. La empresa parecía cada vez más razonable.
El único problema era realmente saber si eran uno o dos los hermanos. Y en caso de ser dos, igualmente estaban armados como él. Ellos nunca se separaban. Estaba cansado de ser un extranjero, de que ellos siempre tuviesen la hegemonía. Quería matarlos de una vez por todas. Por las noches permanecía despierto meditando. A veces una figura aparecía en la pared frente a su cama. Un sujeto muy parecido a él, quizá un antepasado, encadenado como Prometeo le decía en el peor de los estados: “sálvate. ¡Hazlo ahora!”. Cuando la idea lo excitaba más de la cuenta, mantenía monólogos con el fantasma. Cuando veía su plan muy arriesgado, se daba media vuelta en la cama y todo se esfumaba.
Pero un día se decidió. Sabía exactamente esa mañana hacia dónde se dirigían los hermanos. Fingió tomar su camino habitual. Después, con rápidos y callados movimientos atravesó la montaña y esperó. Allí estaban los hermanos. “hoy no es jueves”-pensó. “los jueves se les paga tributo a la guerrilla. Hoy debe ser viernes.”
Discurrieron un par de horas como gotas de rocío matutino. Esperó el momento más óptimo. Los hermanos, como siempre, llevaban bufanda y sombrero. Sólo desde la lejanía se vislumbraba lo que parecían ser los ojos de aquellos. Se acercó como un depredador que acecha. Sabía que con la antigua escopeta tenía un solo tiro. ¿Qué haría con el otro hermano? Su hipótesis era que una bala era suficiente, pues ambos eran uno.
Cargó su arma, apuntó y disparó. El sujeto de la derecha cayó instantáneamente. El otro, en medio del sobresalto, dejó caer su arma y corrió cuesta abajo, despavorido. El forastero aguardó unos minutos, mientras el eco del disparo se diluía lentamente y los animales volvían a la tranquilidad. Se acercó al cadáver. Era la mujer. Su perplejidad no duró mucho. El otro sujeto irrumpió desde los arbustos para atacarlo. Rápidamente le descargó un balazo en el pecho con la otra arma. Cayó inerte. Cuando le descubrió el rostro, vio el suyo. Se revisó el pecho y encontró la herida que borboteaba sangre.
Sobre la montaña aún se extiende la niebla, suave y melancólica.
(2007)
Publicado originalmente en
Imagen: Jhojay Yagmour "El payaso de los bosques"
http://870.deviantart.com/gallery/


























